CONTRATAPA: Raya

Contratapa de la edición impresa de La Tribuna de Rufino, sábados 20 y 27 de mayo de 2017
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El oficio de escribiente de contratapas, con el correr del tiempo, me ha llevado a desconfiar de la historia oficial. La experiencia enseña que hay dos historias, la que se escribe y queda impresa para la posteridad; y la que nunca llega a la tinta y el papel pero se disemina de boca en boca y de oreja a oreja. Esta última es la que nos ocupa, porque rescata del injusto olvido a personajes oficialmente ignotos. Héroes anónimos que perpetraron increíbles hazañas o sucumbieron en el intento. Tipos audaces o dotados de particulares atributos, que no cambiaron la historia de este pueblo pero se ganaron un lugar en la mitología autóctona, tan pródiga en personajes merecedores del afecto popular. Quizás un arquetipo de ellos sea el Chucho, leyenda urbana de nuestra generación allá por los años de la bolita, el barrilete y el primer pucho a escondidas.
Pero hoy hablaremos de alguien injustamente relegado de la historiografía local, protagonista de una conmovedora historia, enriquecida quizás por la natural admiración que nos despiertan los mártires indiferentes a su propio holocausto.
Esta historia debe haber comenzado cuando los ingleses, a principios del siglo pasado, andaban haciendo pozos en el suelo de Rufino. Profundos agujeros que llegaban al estómago de la pampa; lastimando la tierra para saber si el agua servía para alimentar las locomotoras a vapor. Ahí fue cuando se descubrió el río subterráneo que se agacha bajo este pueblo. Descubrimiento que llegó a manos del héroe de este relato a través de un viejo mapa, en el que se dibujaba el posible trazado del improbable río. Ahorrando detalles, digamos que nuestro hombre llegó a la lógica conclusión que todo río, alguna vez llega al mar.
José, llamémoslo solo así por respeto a su memoria de alucinado visionario, confesó una tarde entre copa y copa a sus amigos en El Trompezón, la idea que daba vueltas en su cabeza. José era domador de los buenos, acostumbrado a los desafíos y arisqueador permanente a las leyes de la física, buscador incansable de nuevos límites para su coraje. Y a todo eso, le sumaba una clara visión geopolítica e industrialista de la patria. Esa tarde en El Trompezón, nuestro héroe expuso ante la paisanada su original teoría. Si podía revelarse exactamente el preciso recorrido hasta el mar del río subterráneo, también podría luego abrirse la corteza terrestre para dejar al descubierto una vía navegable, que llevaría hasta el puerto los frutos de la tierra. El fantasioso domador no lo dijo, pero como todos los que somos de acá, albergaba la íntima esperanza de trazar una raya de agua en la exasperante infinitud de la pampa.
Nuestro hombre gestionó apoyos oficiales, respaldo institucional que no consiguió ni siquiera cuando entró en el despacho del intendente con una mojarrita en la mano, prueba irrefutable de la existencia del río subterráneo. La malograda mojarra había sido pescada con el solo expediente de rascar un poco la tierra y meter la mano. Pero el argumento no fue demasiado convincente. Tampoco consiguió financiamiento de los empresarios locales, poco proclives a arriesgar sus fortunas en aventuras de dudosa rentabilidad monetaria. Recordemos que por aquellos tiempos, la publicidad era una industria inexistente. Razón por la cual a nadie le pareció atractiva la oferta de pintar el logotipo de su empresa, en la camiseta de un tipo que se proponía un viaje subterráneo que nadie vería.
Demás está decir que José, tuvo que planificar y ejecutar su hazaña en la más absoluta de las soledades, como corresponde a un verdadero héroe rufinense. Con el solo aliento de un reducido grupo de amigos y conocidos, que lo acompañaron más por aburrimiento y morbo que por sano espíritu solidario.
Fue así que una tórrida siesta de febrero y ante una modesta multitud de curiosos, José llenó sus pulmones de aire junto a un viejo aljibe de calle Asamblea al fondo, decidido a zambullirse en los oscuros y soterrados abismos. Antes de flexionar sus extremidades para saltar hacia lo desconocido, se dirigió brevemente al incrédulo auditorio que se amontonaba a la sombra de un par de sauces llorones. Y pronunció lo que serían sus últimas palabras conocidas, al menos en el lado de arriba de este mundo.
«Les agradezco la confianza y les dejo un caluroso abrazo», dijo mientras los cuarenta grados a la sombra confirmaban la veracidad del saludo. «Ya tendrán noticias mías, porque saldré a respirar en los jagueles, tanques australianos y pozos negros, hasta llegar al océano y demostrar que Rufino tiene su salida al mar. Adiós y gracias», agregó para pegar luego un minúsculo saltito y perderse en la profundidad del aljibe. La mayoría de los presentes aplaudió tímidamente, mientras los menos corrían hacia la boca de la cisterna, para escuchar un murmullo de burbujas que surgían del fondo negro y amenazante del pozo.
Cuentan que se lo vio aparecer varias veces en un jaguel de El Tuyutí, y asustando a las vacas en un par de bebederos de Laguna del Monte. Algunos testimonios de la época, también lo ubican en La Picasa, La Verde y en la laguna de Melincué. Testigos anónimos relataron haberlo visto sacando la cabeza del agua para tomar aire y volver a desaparecer, prosiguiendo luego la búsqueda del camino al océano.
Con el tiempo se transformó en leyenda. Esto dificultó ostensiblemente la posibilidad de reconstruir el fantástico itinerario de José, ya que se tornó imposible separar la imaginería popular de la veracidad de los hechos. Realidad o fantasía, poco importa a esta altura de la historia, unos troperos aseguraron haberlo visto en el partido de General Villegas haciendo la plancha plácidamente en una cuneta. En Amenábar una bella señora sufrió un infarto, después de ver surgir del excusado la cabeza de José, con el rostro morado por la falta de oxígeno y aspirando una profunda bocanada para recomponer sus pulmones. La mujer sobrevivió para contar la causa del brusco corcoveo de su corazón, aunque su desconfiado marido aseguraba que no era nuestro héroe sino un vecino quien la esperaba en el baño, y que el infarto fue fingido cuando él descubrió el clandestino romance. Testimonios dudosos de la misma especie, abundan en la tradición oral de la llanura. Lo curioso, es que su secuencia cronológica y u-bicación geográfica, van dibujando prolijamente un recorrido que termina en el mar.
El último rastro de José, fue proporcionado por tripulantes de una lancha que navegaba la bahía de Samborombón. De ser cierto ese testimonio, José habría coronado con éxito su hazaña. ¿Por qué entonces no volvió triunfante a estos pagos, donde sólo había cosechado escepticismos e incredulidades? Quizás por resentimiento. O porque ya había traspasado las fronteras de su coraje, y no debía demostrarle nada a nadie.

                                                                                                                                                                                H.B.    [email protected]