CONTRATAPA: Circo

Contratapa de La Tribuna, sábado 6 de mayo de 2017.
pelo-pelirrojo-despeinado

No era la primera vez que ese circo venía a Rufino. Armaban la carpa en el descampado de la por aquellos tiempos calle San Luis, cerca de lo del Gato Aguilar. Era un circo rasca. Un par de leones viejos que en cualquier momento eran devorados por el domador, un morocho con una cara de hambre que partía el alma. Una petisa de amplísimas caderas que subía fatigosamente a la cuerda indiana, a la que hacían girar como un trompo hasta que la pobre, agitaba los brazos desesperadamente para que el público aplaudiera y así poder bajarse con un mareo indisimulable. Un payaso que no se reía. En fin, nada del otro mundo. Con la excepción de los tipos de los cuchillos. Y la bellísima contorsionista pelirroja.

El número de los cuchillos sí que era fantástico. En la pista de aserrín aparecía un gordo con todo el mondongo al aire, evidentemente le había quedado chico el chaleco de lentejuelas del que colgaban una docena de cuchillos. Detrás de él entraba un flaquito de anteojos y barba, con una tablita de madera en sus manos. Al gordo lo presentaban como Bill, el Cuchillero Gitano. Al flaco, el presentador ni se dignaba mencionarlo.
El número de los cuchillos era realmente extraño. El Gitano se dedicaba a arrojar los puñales hacia el cuerpo del flaco, ubicado a unos diez metros de distancia; y este los atajaba con la maderita. Al principio el tiempo entre un lanzamiento y otro era prudencial, digamos, lo suficiente como para que el público aplaudiera. Pero después el gordo se iba poniendo como lo-co, sudaba a mares y los cuchillos partían cual relámpagos uno detrás del otro hacia la cabeza, el pecho y el estómago del pobre flaco. El tipo los atajaba como podía, mientras los ojos parecían salírsele de las órbitas. Al finalizar el espectáculo, el asunto ya adquiría un tinte inexplicable de ferocidad. El último puñal partía con violencia inusitada y el flaco lo paraba con la maderita, mientras exhalaba un suspiro de alivio que se escuchaba desde la platea.
El Gitano ni saludaba al retirarse de la pista, se iba con los dientes apretados y una mueca de frustración. Del flaco no puede decirse que se retiraba. Simplemente escapaba al trote largo. Por aquel entonces yo era un mocoso inocentón, pero algo me decía que el número de los cuchillos encerraba un misterio.
Una tarde por esos días, cuando con varios amigos del barrio merodeábamos el circo espiando a los leones, vi al flaco de la maderita sentado en la puerta de una desvencijada casilla rodante. Estaba tomando mate junto a la pelirroja que hacía de contorsionista. En esa época yo estaba enamorado de mi maestra, pero igualmente me impresionaba la exótica belleza de esa mujer de cabellos incendiados.
El tema es que el flaco y la flexible colorada, se hacían arrumacos entre mate y mate. Y al rato se mandaron al interior de la casilla, que a los pocos minutos empezó a zarandearse como si navegara en un mar agitado. Supuse que compartían el carromato y eran pareja, porque de un ventanuco colgaban un par de diminutos calzones, y el pantalón amarillo que el tipo usaba en el número de los puñales. Mientras observaba to-do esto, me di cuenta que el Cuchillero Gitano practicaba a pocos metros de la casilla. Arrojaba los cuchillos contra el tronco de un paraíso y no erraba uno. El gordo miraba de reojo la casilla que no dejaba de hamacarse, y los puñales se clavaban con tanta fuerza que la mitad de la hoja se enterraba en el árbol.
Al año siguiente el circo volvió al pueblo. Y yo me senté en la platea esperando ansioso el número de los cuchillos. El Cuchillero Gitano entró a la pista feliz y sonriente. Había renovado el vestuario y la panza ya no le asomaba bajo las lentejuelas. Lucía un saco rojo con charreteras doradas. El flaco ya no estaba y el gordo lanzaba los cuchillos hacia una silueta pintada en un tablón. La pelirroja le alcanzaba los puñales meneando las tetas. El pulso del gordo ya no era el mismo. Cada tanto erraba uno.

H.B.    [email protected]