En memoria del Pato Borelli

Sociedad 07/12/2020 Por La Tribuna del Sur
Picó en el borde del trampolín con formidable impulso, para catapultarse hacia el límpido cielo del parque.
PATO

Pocos días atrás falleció Fernando «Pato» Borelli (72). En su homenaje un abrazo afectuoso a su familia, y una contratapa de La Tribuna publicada allá por los años noventa del siglo pasado.

Carente de antiguas tradiciones, batallas heroicas y todas esas cosas que tienen los pueblos con más pasado y mitología propia, a Rufino le quedan sólo su gente y sus  historias como única referencia para construir su identidad. Los protagonistas de esas historias son hombres y mujeres que caminan, o han caminado hasta no hace mucho, estas mismas veredas amarillas que todos los días desandamos. Y he pescado un par de esas historias en los últimos días.
    Hay lugares estratégicos donde un pescador de historias puede practicar este deporte. Si le interesa le aconsejo alguno. La cola del banco, por ejemplo. Ahora todos estamos bancarizados y tarde o temprano, todos terminamos ahí alguna mañana. Son largas las colas a veces. El otro día un chico y una chica que estaban delante mío, se pusieron de novios ahí. Cuando les tocó el turno ya se habían peleado. El problema fue que la chica ya estaba embarazada. Los conflictos amorosos atraen la atención de la gente, así que se armó una especie de asamblea en la que todos opinaban. Creo que por presión de la fila de jubilados, el pibe terminó por hacerse cargo de la creatura. El cajero finalmente los casó y hubo final feliz. Lamentablemente me atendieron antes de la fiesta, pero cuando salía me crucé con uno que entraba con la torta.
    Me fui por las ramas, perdón, volvamos a la mitología autóctona que sabremos conseguir. En esa mitología, creo, no pueden estar ausentes las fiestas de cierre de temporada en la pileta del parque, allá por principios de los setenta del siglo pasado. El cierre de temporada era, sin lugar a dudas, una de las fiestas más importantes del pueblo. Había baile con los Duques y se elegía la reina, con desfile de las postulantes en bikini. La atracción central, eran los saltos ornamentales desde el trampolín alto. Vale recordar que no había tele ni internet en esa época, y la única oportunidad que teníamos de ver esas cosas era desde el borde de la pileta del parque. Había verdaderos y experimentados especialistas, como los hermanos Ferreira, mientras se habría paso una nueva camada de jóvenes y hábiles saltadores. Entre ellos el Pato Borelli, Peleski y el Beto Avaca.
    En aquella fiesta de cierre de temporada, para que negarlo, había una cierta tensión generacional que se palpaba en el aire. Pasa en todos los órdenes de la vida, y pasaba entre aquellos temerarios del trampolín alto. Los más viejos, debían demostrarle a estos pibes lo que era jugarse la vida desde el vibrante tablón de madera.
    Centenares de personas se amuchaban sobre los lavapiés, aplaudiendo el doble mortal del Beto y luego el tirabuzón impecable del Pato. Entre nosotros, se decía que el mejor era el que menos salpicaba cuando entraba al agua. Y esos dos entraban como cuchillos, sin levantar una gota. Difícil de superar, pensábamos, mientras uno de los hermanos Ferreira hacía precalentamiento, para tomar carrera y ejecutar la casi imposible patada a la luna. Perfecta, espeluznante, la nuca del veterano atleta pasó a centímetros del borde de la tabla. Después el otro Ferreira, el más experimentado y también el más robusto. Mortal hacia atrás y entrada casi impecable. La panza salpicó bastante al entrar al agua, pero el público comprendió y aplaudió entusiasmado.
El cierre del espectáculo era un salto de fantasía, que requería de una minuciosa preparación. Trajeron la cámara de una rueda, bien inflada y con unos alambres que sostenían un círculo, también de alambre, envuelto en trapos empapados en gasoil. El círculo de alambre, rodeaba por arriba el orificio de la cámara. Y sí, le prendieron fuego. De la cámara partían cuatro sogas, que sostenían cuatro ayudantes desde los bordes de la pileta, haciendo que el flamígero círculo quedara suspendido a medio metro de la superficie.
    El primer saltador se preparó en el filo del trampolín alto, mientras una columna de humo oscuro tornaba difusa su figura, allá arriba. El Pato Borelli picó en el borde de la tabla con formidable impulso, para catapultarse hacia el límpido cielo del parque. Giró en una voltereta como suspendido en el aire y cayó, vertical y certero, al centro de círculo sin tocar ni una lengua de fuego. Desde los lavapíés creció una ovación emocionada. 
Le tocaba después al más grande de los Ferreira. Se hizo un silencio absoluto y no se escuchaban ni los pajaritos, muchos hacían cálculos entre el tamaño de su abdomen y el perímetro interno del círculo llameante. No daban los números y varios deseamos que se arrepintiera. Un pequeño error de cálculo, el humo que dificultaba la ubicación del aro de fuego, podían darle un trágico final al intento. Pero no, no se arrepintió. La gruesa silueta dibujó una parábola atravesando como un proyectil la columna de humo negro. Vimos como los brazos, en perfecta flecha, embocaban el agujero entre las llamas, luego la cabeza. Y no vimos nada más, sólo borbotones en el agua. Hombre, fuego y cámara habían desaparecido, mientras se oían los gritos de los pibes que sostenían las sogas. Las cuerdas corrieron como rayos quemándoles las manos. Segundos después, el atleta emergió en la superficie del agua con los brazos en alto, cosechando un aplauso del público. Aún tenía la cámara encastrada en su ya desarrollado abdomen.
H.B.

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