EL TROMPEZÓN: historias del mítico boliche

Sociedad 28/03/2017 Por
Contadas por el "Paisano" Díaz, el último bolichero.
Trompezon

Cuando llego a El Trompezón lo veo a Lucerito sentado en el banco de la esquina. Le pregunto por el Paisano Díaz, y me responde que el hombre todavía no abrió el almacén, y que él también lo está esperando.
Vuelvo al rato y lo veo al Paisano trayendo unas bolsas. Lo saludo, le propongo que me cuente algunas historias de El Trompezón. «Como no, esperame que le doy de comer a este...», me dice señalando un lindo alazán atado a la vuelta del boliche por calle Asamblea.
«Listo, esperá que me lave un poco...», y le pega un par de palancazos a la bomba de agua. «Mirá, todavía funciona a la perfección...», me comenta orgulloso. Y nos sentamos en el banco de la esquina, junto a la puerta que arriba, en alambre y madera, conserva el mágico nombre, El Trompezón.
Al rato vuelve Lucerito y se sienta a escuchar la charla; le debe aburrir un poco porque se queda dormido apoyado en mi hombro. Estamos para la foto.

Raúl Díaz (74), más conocido como Paisano, no es un tipo difícil para la charla. Le gusta conversar y contar historias. Una pregunta, y después a escuchar y tomar notas.
-¿Decime Paisano, cómo llegaste a ser propietario de El Trompezón?
- Te cuento del principio..., yo nací en un campo de Colonia La Inés, en un galpón, porque mis viejos trabajaban juntando el maíz. Pero vivíamos en una quinta acá cerca por la ruta. Yo venía a la escuela de Chimino, en Brown y Laprida (ahora A. Martín), a una cuadra del boliche. Y desde chiquitos siempre nos juntábamos acá en la esquina, a ver los carros, los caballos, los paisanos... Era el año 48 o 49, yo era pibe y al boliche lo tenía don Leva, que siempre hacía rifas. Una pelota para los chicos y una muñeca para las nenas...
- ¿Mirá vos, pero como llegaste a ser el dueño de El Trompezón?,-lo interrumpo porque me pareció que se había ido por las ramas. El Paisano me mira con una sonrisa...
- Esperá, ya vas a ver... Resulta que don Leva hizo una rifa y yo le pedí a mi papá que me compre el número 10. No me lo compró al número..., y salió el 10. Bueno, allá por el 65 yo entré al ferrocarril y me hice la casita acá a la vuelta, después me casé...
- Pero yo te decía como fue que llegaste a bolichero de El Trompezón... -insisto sin encontrar la relación ente la rifa de la pelota y el meollo del asunto.
- Pará que ahora viene. Resulta que mi hermano se había caído de un andamio con Curien, trabajando en el colegio de hermanas. Mi hermano se murió, pero antes lo atendieron muy bien en un Hospital de Buenos aires. Un día en el año 71, cuando yo me había casado y vivíamos con mi mujer acá a la vuelta, cayeron vendiendo una rifa. Era una rifa de ese hospital. Y la compré, compré el número 10. Y salió, me llegó un telegrama diciendo que me había ganado un auto cero kilómetro, un Renault 12. Bueno, vendí el auto y compré el boliche. ¿Te das cuenta? Todo porque mi papá no me había comprado la rifa de la pelota-, reflexiona. Y me mira como diciendo que a veces hay que esperar, para llegar a entender.
Lucerito ronca de vez en cuando, apoyado en mi hombro. Y el Paisano cuenta que cuando él lo compró, el boliche era de la viuda del Vasco Miguel Indavera. Pero lo alquilaba un tal Caballero, al que él a su vez le alquiló el mobiliario.
- Le alquilé heladeras, mostrador, estanterías, mesas y sillas. Al tiempo saqué un crédito y le compré todo.
- Andaba bien el boliche entonces, venía mucha gente...
- Sí, andaba muy bien, los sábados y domingos vos veías quince o veinte caballos atados acá afuera, todavía están los palenques. Había carros, charrés, sulkys. Venían paisanos de La Amalia, los caldeneros (de Caldenes), de La Escondida, de Cañada Seca... Tenía mesas de truco...
- ¿Entonces por qué cerraste el boliche y lo convertiste en almacén?
- Porque se puso difícil con la policía después del 75 y 76, estaba el Comisario Benito González y era difícil trabajar. Nos hacía cerrar a las nueve y media de la noche, imaginate. Ya era imposible trabajar. Caían con el jeep y se llevaban a los que no tenían documentos, y a mí también me llevaban... Nos hacían limpiar la Comisaría, pero yo nunca quise agarrar la escoba. Me tenían mal con esas cosas... Era brava la policía en esa época... y al final me cansé. Un día me fui a Rosario con mi mujer y compramos mercaderías de kiosco y artículos de limpieza. Primero vendíamos esas cosas al lado del boliche. Después me cansé, saqué el mostrador y las estanterías y bueno, hicimos el almacén.
- ¿Y mientras tuviste el boliche como te las arreglaste?, tenía fama de ser un lugar complicado este...
- Sí, ya sé, pero yo la cortaba rápido, no había líos. Había que ponerse firme, porque venían muchos cojudos...
- ¿Entonces eso de los duelos a cuchillo es todo leyenda?
- No, que leyenda ni leyenda. Yo vi duelos a cuchillo acá. No cuando al boliche lo tenía yo, mucho antes. Una vez cuando yo era chico, salíamos de la escuela y vimos gente acá en la esquina, nos vinimos. Yo tendría seis o siete años. Resulta que había un tal Quevedo, puestero de Caldenes, que había enviudado joven y era bastante mujeriego. Y por una cuestión de polleras se agarró con un tropero de cañada Seca, un tal Quinteros.
- ¿Y vos viste la pelea a cuchillo?
- Sí claro, se juntaba mucha gente para mirar. Los tipos sacaron unas facas así de grandes, se cortaron, hubo sangre. Y después los separaron, porque si no se mataban.
- Otra vez, cuando yo ya era muchachón, estaba en un rincón del boliche tomando algo y se armó una pelea brava. Estaba un tal Petrilo, tipo provocador y peleador. No sé que le dijo este Petrilo a uno que le decían Veneno, un tipo manso que trabajaba en Laguna del Monte. El asunto fue que Veneno se enojó y peló la faca. Estaba al lado mío y la vi en el aire, cerquita, le cortó la salida a Petrilo pero este se escapó y no volvió más.
- Decime Paisano, ¿es cierto que acá al boliche venía siempre Sixto Sierra?
- Sí, es cierto, yo lo vi muchas veces acá a Sixto Sierra, ya era medio viejo cuando yo lo conocí. Era carrero y tenía fama de malo. Pero ya te digo, era un hombre grande y no lo ví pelear nunca en El Trompezón. Tenía sus cosas, pero lo respetaban. El andaba con el carro y cuando llegaba a un campo de trigo, soltaba los caballos para que comieran y nadie se animaba a decirle nada. Los otros carreros lo esquivaban...
- O sea que nunca lo viste pelear con nadie a Sixto...
-Lo que se dice pelear no, pero era un viejo mañoso y me acuerdo que una vez tuvo un problema con una mujer. Resulta que Sixto tenía la costumbre de matar todos los gatos y los perros que se arrimaban a su rancho. A los gatos se los comía, a los cueros los colgaba y después los ponía en las sillas. Una vez le mató el gato a doña Máxima, una señora que vivía por acá, y puso el cuero en un banquito. La mujer se dio cuenta y se le fue con un cuchillo hasta la casa. Nosotros estábamos mirando, porque la vimos pasar a doña Máxima con la cuchilla. El viejo Sixto la espiaba desde atrás de unos tamarindos, pero no salió...
Ya se está haciendo de noche en la esquina de El Trompezón, Lucerito ya despertó de la siesta y el Paisano tiene que llevarse el alazán.
«Tengo un poema escrito sobre estos bancos, te lo voy a llevar para que lo publiques», me dice Raúl Díaz apoyado en la bomba de agua. Atrás, contra el atardecer, se recorta el viejo letrero de alambre y madera.

Te puede interesar

Boletín de noticias

Te puede interesar