Corralito

Contratapas 30 de diciembre Por
Contratapa de La Tribuna del Sur, sábado 30 de diciembre de 2017.
CAJERO

El cajero automático es un aparato complicado, pero respetuoso. Te pide disculpas, cosa que no hacen los dueños de los bancos. «Disculpe, por el momento no podemos entregar dinero», dice la máquina desde la pantalla de fondo azul. Bueno, le digo, está bien, pero la frase está mal redactada. Tendría que ser, «disculpe, por el momento no podemos entregarle SU dinero». No es un detalle menor, ese «dinero» no es una plata cualquiera, es MI guita y no me la dan, viste? La máquina ni se inmuta ante mi comentario; y pregunta titilando con letras blancas, «¿desea realizar otra operación?». Sí por supuesto, le respondo. Quisiera hacerle una operación a corazón abierto a los dueños del banco; y si eso no es posible, quisiera cortarme las venas con la tarjeta.
Mientras se desarrolla mi diálogo con el cajero automático, afuera se desmayan dos jubilados que hace media hora están en la fila al rayo del sol. La escueta sombra del único arbolito cercano, es ocupada por un grupo de clientes del banco, atareados en la atención de una embarazada que está por parir. De repente la cola formada por una cincuentena de personas se torna bulliciosa, hay aplausos y vítores. Asomo la cabeza para mirar; «huuuuuuu», exclama la multitud desilusionada. No es el camión que trae el efectivo, es la ambulancia del servicio de emergencias.

Contagiado por el desencanto de los ahorristas, decido desistir de mi comunicación con la pantalla del cajero. Dejá, le digo sin disimular mi rencor acumulado, que operación a corazón abierto les vas a hacer, si no tienen corazón esos tipos. Si les abrís el pecho encontrás el recibo de la última transferencia que hicieron, a una cuenta off shore en Panamá. Salgo de la piecita de los cajeros y el sol del mediodía me encandila, apenas puedo esquivar un tipo que se arrastra por la rampa, evidentemente está deshidratado, murmura algo. Me agacho para escuchar lo que podrían ser sus últimas palabras. Imagino que rogará por agua; no. «Quinientos para el pan dulce y la cerveza, quinientos para el pan dulce y la cerveza...», balbucea en un hilo de voz mientras estira el brazo sosteniendo la tarjetita verde, como intentando introducirla en una ranura que sólo existe en su delirio. Alrededor del agonizante ya se formó un círculo de ahorristas, «no hay nada que hacer», coinciden varios. «Pobre, no alcanzó a ver el camión que traerá la plata», comenta una señora con una luz de esperanza en su mirada. Luz que a mi me falta, por lo que decido retirarme caminando con pesadumbre por Cobo hacia el norte.
En la esquina me lo cruzo al Alberto Mazzucco, que está estrenando su título de intendente ahora que el Natalio se fue de vacaciones. El Alberto viene con una sonrisa que casi lo deguella. Lo saludo y le cuento lo del corralito en los cajeros. «No te preocupés, son los últimos estertores de un sistema perimido y a punto de derrumbarse para dejar paso a la prosperidad de una nueva era para Rufino», me responde de un tirón y cambiando la sonrisa por un gesto serio y enigmático. Imagino lo peor. El Alberto se sentó en el sillón mayor y se le ocurrió cambiar la historia del pueblo en quince días, pienso. Y le recuerdo que en dos semanas vuelve el Natalio. Me dice que no se olvida de eso, y que habla por teléfono con él todos los días. Y remata con una frase que acicatea mi curiosidad. «Si vos supieras donde está....».
Vamos, lo interpelo con vehemencia, contame que soy una tumba. «Está bien, pero...», me responde en voz baja, llevándose el dedo índice sobre los labios, como el cuadrito de la enfermera en las salas de espera.
«El Natalio no está en Mar del Plata, eso es una pantalla, está en Barcelona. Fue a observar el proceso independentista en Catalunya..., no sé si me explico....», me cuenta mirando hacia los costados y haciendo largos silencios después de cada frase. Le digo que no entiendo, ¿qué tienen que ver los independentistas catalanes? El Alberto se detiene y me mira fijo. «Natalunya, ¿entendés?... Na-ta-lu-nya», me susurra al oído deletreando cada palabra. Y luego comienza a levantar la voz, como si hablara ante un auditorio. «Basta de andar rogando a la provincia y a la nación, los natalanes nos arreglaremos con lo nuestro y habrá de sobra para todos. Seremos la monarquía parlamentaria más rica de sudamérica», casi vocifera mientras hace amplios ademanes. Está bien Alberto, lo tranquilizo. Y le comento que es una idea audaz, pero que no entiendo totalmente lo de la monarquía parlamentaria, aunque al Rey me lo imagino. «Muy simple, rey y primer ministro; y todo lo demás va de relleno. Primer ministro..., ¿entendés querido?», me dice alzando una mano y apuntándose con el dedo índice al pecho, mientras me guiña un ojo.
                                                                                                                                                                                                     H.B.
                                                                                                                                                                                                    [email protected]