CONTRATAPA: Aguaribay

Contratapas 03 de mayo de 2017 Por
Contratapa del semanario La Tribuna del Sur del sábado 29 de abril.
BOTE

Con el agua acechando por todos los costados, es natural que la mayoría de los correos recibidos se refieran al asunto. Y también previsiblemente, en ellos prevalecen las puteadas porque, como dice el lector M.V. “desde el año pasado todos vienen avisando que La Picasa iba a cortar la ruta y nadie hizo nada...”. O la amiga Mariana L., afirmando que “nunca hubo una inundación más anunciada que esta y todos miraron para otro lado...”. Con más humor se lo toma el lector V.T., “díganle a Mauricio que ponga a La Picasa como garantía de la deuda externa, ya que anda ofreciendo el petróleo, total el viejo Griesa ni se va a enterar que es agua salada...”, ironiza el tipo.
Bueno, más allá de enojos y chanzas, es menester reconocer que la cosa ha mejorado un poco en los últimos cien años. Digo, como para tirar un poco de buena onda en medio de tanta pálida. Y por si no lo creen, vayamos a las crónicas de don Antonio Martín en su libro “De la Carreta al Brillante”, donde relata con detalle lo ocurrido en la primera inundación que registra la historia local, allá por mil novecientos quince.
Cuenta don Antonio, “la situación en el barrio General San Martín fue por demás adversa y lamentable. Varias chatas del pueblo (chatas bien altas), se arriesgaban entre los pozos y las hondonadas para sacar familias y enseres... Las epidemias se acentuaron y reclamose ayuda al gobierno provincial y nacional”.
Y sigue relatando, “nos cuentan don Santiago Sosa, Juan Giráldez y José Martín López, que era inmensa la cantidad de patos y que el cielo estaba cubierto de cuervos. De improvisto Rufino se encontró con que tenía su río y varias firmas cons-truyeron sus botes (los Boireau, los Boero, y otros), y salían a navegar un rato con los familiares y amigos por el extraño mundo de agua y firmamento. El embarcadero estaba situado en la esquina donde se halla el taller de máquinas del ferrocarril, frente a la Casa Guerrero”.
Y presten atención a esto que cuenta don Antonio. “La provincia envió dos hermosos botes para que el público en general pudiera participar de la nueva emoción. Y las autoridades municipales encontraron la manera de allegar algunos pesos para hacer frente, aunque sea en parte, al tremendo desastre creado por las inundaciones, cobrando 0,50 mo-neda nacional el paseo que se hacía con los botes del gobierno. Nos dice Santiago Sosa que él hizo varias veces el recorrido, que tomaba algo más de 10 cuadras con rumbo noroeste, para luego virar 20 cuadras al este, dando la vuelta por el ex ferrocarril Central Argentino, siempre al norte de las vías...”.
¿Qué me contursi? Estos pagos se inundaron hace cien años, y desde Santa Fe mandaron dos “hermosos botes” para pasear sobre las aguas. Y encima la muni te cobraba por la acuática excursión (no le den la idea al Natalio, plis).
O sea muchachos, no nos quejemos tanto, algo cambió. Ahora nuestra dirigencia es más imaginativa. Hay una creatividad que hace un siglo no existía. Está bien, me dirán ustedes, pero si Lifschitz y Mauricio mandan botes para pasear por la Cuenca de La Picasa ante los reclamos por la anunciada inundación, se armaría un bolonqui de novela. Y sí, lo acepto. Pero aceptemos también la evolución del imaginario político. ahora nos hacen el verso del “cambio climático”. Es mucho más sofisticado, científico, y sobre todo... barato. Ya profundizaremos sobre el tema, quedo a la espera de vuestras calificadas opiniones.
Finalmente, la lectora G.J. me escribe sensibilizada por la conservación de las especies arbóreas en el parque municipal. Y dice estar preocupada por la decena de ejemplares de aguaribay en el sector sur-este del parque que, me dice, están enfermando quizás por la excesiva humedad. No puedo ayudarla G.J., no sé nada de aguaribayes (o aguaribases). Buscaré en wikipedia. Según me contaron, el nombre del arbolito proviene de la voz cordobesa “¿vay pal agua?”. Pregunta que en idioma comechingón, los nativos hacían a las indiecitas en las orillas de los arroyos serranos. Obviamente, con oscuras intenciones de eróticos chapoteos. Viene al caso, digo; acá en la Cuenca de La Picasa, andamos todos aguaribayeando.

                                                                                                                                                                                       H.B. ([email protected])

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